domingo, 20 de julio de 2014

Entre Cervantes

Camilo José Cela,
o el arte de la palabra -y la sorna-,
fresca y desnuda

(veintiocho años después)


   Todo el mundo estaba al tanto del jocoso comentario “los españoles no tocan el culo a las mujeres” que publicaba una columna de El País ese mismo día. Muy pocos minutos bastaron para que saliera a relucir en la improvisada tertulia en la rejuvenecida Fonda España, ahora de Carlos, en Belmonte (Cuenca). Ojalá hubiera estado en la mesa Fray Luis de León, hubiéramos tenido el pan con la sal. De lo primero no quedó ni un mendrugo; de lo segundo dicta la superstición que no quede un grano sobre el mantel, y Don Camilo "se vació" como el salero. Y es que bajo esos gruesos cristales que resisten la mirada cansada de este hombre bonachón en apariencia, de voz grave y bien templada, se esconden unos ojos chicos, traviesos y pícaros, que esmaltan todo su brillo cuando se desata la aquilatada lengua, de quien bien maneja los ovillos del habla llana. “Yo no dije tal cosa aunque sí pellizqué a la desagradecida periodista”, afirma quien únicamente no ha sacado los colores tratando este fogoso tema a la choferesa de su segundo Viaje a la Alcarria, claro siendo ésta de color. 

Cela visitó la provincia de Cuenca
en varias ocasiones. La capital fijó 
una placa en un mirador al Júcar.
 
    Vino a pronunciar el pregón de fiestas al pueblo que fue cuna de Fray Luis y compartió el vino y el pulso de sus gentes que se deshicieron en mil agasajos para agradecerle su presencia en estas calles cargadas de historia y entresijos cotidianos. Don Camilo, resonando su nombre cientos de veces entre los belmonteños, trajo esa humanidad, que muy pocos como él saben labrarse, hablando del vino, el placer y, cómo no, de mujeres. Arropado por sus incondicionales y la hiedra de un patio manchego, campechano y dicharachero, volvió a llamar al pan pan y al vino vino. 
   Esa noche, “... me sobran cuarenta años”, que carga sobre nuestras espaladas al compararnos en su vitalidad, “y aunque he escrito y dicho tantas cosas que ni tan siquiera recuerdo todas, es justo ahora cuando más me gusta disfrutar de todo”, cuestión que hace al narrar sus vivencias e historias, “ahora lo que más me divierte es silbar y saltar a la pata coja aunque, como comprenderá, ya no puedo hacerlo”. 
   Don Camilo, esto me lo dice cuando ya está harto de buenos libros y excelente música, “eso son fanfarrias”, y entre chato y chato, siempre del mismo vino, “no me gusta cambiar”, mientras advierte que apaguen la música que no nos deja charlar tranquilos. Así que comemos rápido al hilo de su conversación para no perdernos ripio, pues él no cena tan sólo pincha de vez en cuando el curado jamón, entre el silencio que se hace en el resto de mesas del jardín para escucharle. A sus espaldas una rueda de carro viejo simula la rueda de la fortuna que le acecha y, hasta aquí, le ha “guiado” por buen camino. 
   “Miren si hay gente para todo. Hace unos días me preguntaba una joven sociólogo que cómo había pasado aquellos años del franquismo; imagínense ustedes, como si tratara de hace cinco o seis siglos; en fin, que cómo había llevado mi vida sexual. Le respondí que como todo el mundo: llevándome una mujer cuando pude. Claro, me reprimí de llamarlo como se debe: joder, que todo el mundo lo entiende. Al aclarárselo se quedó roja como un pimiento”. 
   Marina Castaño, su secretaria, atiende de vez en cuando a la plática del escritor. Al tiempo está al tanto de quienes quieren acercarse al Cela entrañable para pedirle autógrafos o simplemente saludarle. Tímidamente le recuerda la hora y este hombrazo “nada mayor” le sobrecoge con un “vámonos ya Marina que comienzo a desvariar”, sin hacer ademán de iniciar despedida alguna y disponiéndose a contar “siempre la penúltima” anécdota que le llega a la memoria, sin dar tiempo a camuflar mi libreta entre platos y cubiertos, destapando mis “sisas”; con una sonrisa me dice que si lo deseo puede narrar más despacio. Y así hace.

Tierras y gentes de todas partes

   “Miren ustedes, mientras estuve por tierras andaluzas me eché una novia que se llamaba Gracita G., que tenía una hermana que se llamaba Sole. Esta Sole tenía un novio cojo, con un zapato de estos, de tacón enorme, que siempre me decía ¿y tú que eres muy aficionado a los toros, qué crees que es lo que me falta para ser torero? Y yo le contestaba siempre, mira Antonio, lo que a ti te ocurre no es de falta, lo que a ti te pasa es que te sobra y, claro, casi me mata”. Pero Gracita no ha caído en saco roto, “pues a lo que íbamos, aquella Gracita cuando me preguntaba que de dónde era, yo le contestaba gallego, y ella muerta de risa, me daba otro apretón fogoso. Lo que ocurrió más tarde vino después de una borrachera que me tuvo en cama un día y medio. Al despertarme allí estaba, adormiscada, sentada en una mecedora con las falta subida hasta las corvas. En una mano un abanico y en la otra un fajo de hojas de periódico y dándose aires en los muslos. Me levanté, le dije que iba por tabaco, y hasta hoy. ¡Qué mujer aquella!”.
   Varios jóvenes se acercarán con servilletas y sin bolígrafos cogidos por la sorpresa y el qué dirán mis padres que tanto me han hablado de este hombre que ahora sale en televisión, en audiencias con el Rey, o en los anuncios de CAMPSA. Otros, los menos, han tenido que leer, a la fuerza, La Colmena, Viaje a la Alcarria o La familia de Pascual Duarte, en los últimos cursos de la Educación General Básica (EGB), o el Bachillerato. “¡Jo! Tío, este es el mismísimo Cela”, pero no estaban en la conferencia que dio en el colegio público “Fray Luis de León” horas antes. Tampoco estaban aquellos que lo habían recibido como quien ve llegar al Papa, entre el rito del abrazo y el agasajo, con el silencio del atardecer mortecino como testigo. Ni tampoco quedaron después aquellos que ya consiguieron primeramente el autógrafo del gran “Cervantes” del siglo XX (todavía faltaban nueve años para que se le concediese este galardón en Alcalá de Henares, y tres para el Nobel).
Cela recibe el Premio Cervantes.
Alcalá de Henares, 1995.
   Tan sólo rondaba, muy de vez en cuando, sin llegar a cansar, el dueño de la posada, “¿qué tal don Camilo?, buen provecho. "Sí gracias". "¿Más vino don Camilo? Una copita más, siempre del mismo”, sin cambiar. “Por término medio puedo beber algo menos de un litro por comida”. Mientras, se puede hablar de la dominación francesa en Indonesia, o de los ingleses “aunque llevo el apellido no me caen bien los de esta raza”, en la India. Muy poco pan, y casi nada de carne en salsa. Siempre con las “entendederas” tapiadas hasta no haber acabado lo que quería decir, “sólo me falta que me disequen”. Y es que le han preguntado de todo, le han dicho de todo, y le han hecho de todo.
   Don Camilo, dicen que el padre de la Constitución fue Jordi Solé Tura. “Bueno eso no es cierto. También lo fueron muchos otros que no han estado tan en boca de todo el mundo. De todas formas es justo reconocer el trabajo de todos. También estaban Peces Barba y el propio Fraga entre otros. En el fondo fue un trabajo de Derecho Comparado. Yo sólo cumplí mi papel lo mejor que pude”.

Franco, su custodia

   En su vida don Camilo tiene algo muy metido entre ceja y ceja, “yo no podía haber estado en otro lugar que el que me correspondió dentro de la política”. Vivió con exiliados a los que ayudó cuando pudo y hasta les tiró la primera piedra al hacerles reconocer su impotencia desde el momento en el que afirmaban “entrar” a la muerte del general Franco pues “resultaba imposible para ellos derrocar el régimen impuesto tras la guerra”. De vuelta a España ayudaría a cuantos se le acercasen a su casa “aún a las tres de la madrugada para pedirme que hiciera lo posible para salvar a un comunista que iban a darle el “paseo” a la mañana siguiente. Me acerqué a la comisaría, pregunté por el susodicho diciendo que quería interesarme –por su familia sabe- y me dijeron que le caerían uno meses de cárcel por haberse fugado sin acabar el servicio militar después de la guerra. Total, que casi lo descubren los propios compañeros cuando la policía no sabía sus actividades, ni militancia política. Había mucha descoordinación”.
   “A Franco no le he llegado a conocer más que por las anécdotas y comentarios. Mire, contaba don José María Peman que en una de sus audiencias particulares con el general, éste le comentó textualmente: No debieras preocuparte por la política, ¿ves?, ni yo mismo la practico..., sin embargo, -continúa don Camilo-, él mismo puso en jaque a muchos diplomáticos con los que se entrevistaba en sus propios despachos, de los que el general sustraía, a veces, papeles de esencial importancia para el Estado. Ejercía, para mí, una política de “cuartelillo” austera y sin más mano derecha que la del palo”. Muchos han manifestado esa austeridad también del general con el vino y las mujeres. “Pues a mí me han contado, con cierta gracia, el día en el que detuvieron a su padre embriagado en un bar mientras contaba como tenía tres hijos, uno de ellos muy inteligente, Ramón, otro muy simpático, Ricardo, y otro tonto, mi Paquito. Claro está, que después del primer revuelo estaba en la calle”.
   El caso es que Franco, o la cohorte de “chupatintas” censuraron, según el propio Cela, alguno de sus libros y le conminaron hasta el “destierro” en Las Palmas. Don Camilo, ¿un cierto paralelismo con la vida de don Miguel de Unamuno allá en Fuerteventura? “No nunca. Yo siempre he sido mucho más entretenido. Además don Miguel fue operado de fimosis cuando ya tenía bastantes hijos; y yo siempre he disfrutado de un p…, al aire, desde que era muy chico. No, no existe paralelismo”.
   Y vuelve a la tunda chiquilla, “a ver señor Alcalde, señor Barriga, ¿por qué no nos vamos a romper las farolas del pueblo de al lado?”, para terminar contando su más preciada historia amorosa de juventud: “Con esta nos marchamos Marina, que ya comienzo a desvariar”, y se lanza a encontrar en su memoria aquella mujer de fama casta y “honrada” de la provincia de Ávila que logra trocar y “apañar” a la desesperada en el confesionario de una iglesia de la vieja capital castellana. Se carcajea y rezuma en las palabras que tuvo que soltar para acallar tanto gozo y jadeo de la “virtuosa”, “calla mujer que vamos a ir a parar al infierno”.
Manuel Dicenta, Caballero Bonald (Premio Cervantes 2002),
Cela y Fernando Quiñones. Principios de los años 50, en una feria.
elcultural.es
   Cuando por fin se levanta de la mesa el ambiente se ha cargado de algo entrañable y amigo. Nos hemos contagiado del amor al vino, a las mujeres y a la saludable tertulia. Nos despedimos del gran pope. Buenas noches don Camilo. Mañana, quien sabe, ¿volverá con un “como decíamos ayer” del ilustre belmonteño Fray Luis de León?

Belmonte (Cuenca), 23 de agosto de 1986.


De lo publicado en el Semanario Gaceta Conquense
Año 3, núm. 111; del 30 de agosto al 5 de septiembre de 1986.

P.D.: Aquella velada nos delató un amor en ciernes, o una pasión, no sabemos, que corrió a partir de entonces como la pólvora y acabó en un matrimonio de papel couché. Lo cierto es que su "secretaria", Marina Castaño, pasó a ser la "dueña" del universo Cela, mientras vivo y "marquesa viuda" después, una vez muerto. El desenlace ha sido un despropósito y un mal manejo del legado del escritor que han acabado en los tribunales dando la razón al hijo Camilo José Cela Conde. Quien dijo en su día haber enseñado a decir "Te quiero" al escritor, ha protagonizado un final nada literario ni honesto con el legado que, entendemos, debe ser compartido con el patrimonio cultural. Amor y dinero siempre andan a la greña, algo que parece que Marina condujo, pues donde puso el ojo dio con la bala; hasta que le salió parte del tiro por la culata (lean si no http://elpais.com/elpais/2014/10/10/estilo/1412969940_443042.html). Del insigne escritor, jaleado, ensalzado, y vilipendiado por otros menos, quedan resquicios que traer a su biografía. El Cela censor para el régimen, el Cela escritor con sus devaneos con ciertos "negros", o peor, con ciertas acusaciones de plagio. Pero eso es otro capítulo que el tiempo irá madurando, o no, como el vino que salpicaba su lengua y desparramaba en soliloquios sobre la mesa.

jueves, 26 de junio de 2014

Desencuentros


Movimientos de la Iglesia: otra forma de llevar la cruz a cuestas 



     Una gran cruz blanca de poliuretano con la silueta de un Cristo en un collage de recortes de periódico (inmigrantes subidos en la valla de las concertinas, un obrero muerto en accidente, la cola del paro, un comedor social, enfermos en medio del pasillo de un hospital) es el sorprendente símbolo que se encontraron fieles, y turistas, en la plaza de los Santos Niños, a las puertas de la Magistral de Alcalá de Henares (Madrid), el sábado 21, primer día de la estación del verano.

  El simbolismo de esas imágenes, “Los crucificados de hoy", movilizó a casi dos centenares de católicos bajo el lema "Desde el evangelio, por la justicia y los derechos sociales". Impávido, con gesto a veces contrariado, escuchaba los mensajes de duras críticas al sistema capitalista, a los bancos, a una política que está al servicio de la economía, en suma, toda una apología de posicionamiento con el débil, el mismísimo obispo de la ciudad, Juan Antonio Reig Pla, conocido por los titulares que expande habitualmente con sus declaraciones, de tinte ultraconservador, sobre aspectos sociales y sexuales (aborto y homosexualidad principalmente).

   La iniciativa surgió del Movimiento Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), con la participación de Acción Católica General, y otras bases, asumida por el Secretariado para los Movimientos que había invitado a las parroquias a participar (quienes no se han hecho partícipes). A algunos puede sorprenderle, a estas alturas, la estampa que prodigaron estos creyentes, pero HOAC tiene en su bagaje, para quien lo desconozca, desde sus inicios con Guillermo Rovirosa y Tomás Malagón, casi setenta años de campañas continuas de denuncia sobre las condiciones laborales de los trabajadores (en contra de la última reforma laboral en lo inmediato, y campañas sobre accidentalidad laboral, condiciones de trabajo, e igualdad y dignidad en los salarios desde su inicio), y con todos los colectivos desfavorecidos (mujeres, niños, en años de posguerra y dictadura, pero amplía a inmigrantes actualmente…).
Tomás Malagón tras la mesa,
y Guillermo Rovirosa formaron un tándem
que dio solidez a un Movimiento que salió
de las sacristías a las fábricas y minas.

  Con cierto paralelismo sepamos que, mientras la jerarquía eclesiástica comulgaba con los dictados del poder civil sobre el mundo laboral, tras las huelgas en los pozos mineros de Asturias de 1957-58, apoyadas por HOAC y otros Movimientos especializados de AC -y que precipitaron un cambio radical en la política económica del gobierno franquista, con la aprobación del Plan de Estabilización (1959), salida de ministros "tecnócratas" del OPUS como Alberto Ullastres, Comercio, Mariano Navarro Rubio, Hacienda y Laureano López Rodó, subsecretario de Presidencia, y las consiguientes modificaciónes en la reglamentación de las relaciones laborales (1958)-, desde el Movimiento se denunció: "Los trabajadores, del mismo modo que fueron los más perjudicados por la inflación, comprueban con amargura que también pesan sobre ellos, de un modo particular, las medidas adoptadas para corregir los defectos de aquella política inflacionista, que estuvo a punto de conducir al colapso a la economía nacional. La clase obrera que, en muchas circunstancias, se encuentra sin una auténtica representación y sin medios idóneos para hacerse escuchar con el peso y la responsabilidad que les corresponde, ni fue consultada durante la etapa inflacionista anterior, ni tampoco lo ha sido a la hora de adoptarse las medidas del actual Plan de Estabilización. La falta de información desconcierta al trabajador, el cual no conoce las verdaderas causas y razones de los sacrificios que se les han impuesto, ni los motivos de la situación en que se halla". ¿Les suena?

   En aquellos disturbios, huelgas, con encierros en las Iglesias, que propiciaron la aceleración en la asociación de los trabajadores, participaron, en gran medida, los Movimientos especializados de la Iglesia, minando los cimientos de la Distadura. Se vió entonces, que en la Iglesia, como institución, y todo grupo social, el conservadurismo, la práctica de búsqueda del poder terrenal e inmediato, la supremacía de las jerarquías sobre las bases y la falta de comunicación entre ellas, se rompe en cuanto nuevos aires surgen desde la raíz y confluye con la cúpula. Entonces fue determinante también el respaldo al clero reivindicativo, que provenía en parte de estos Movimientos, desde el Concilio Vaticano II (se forzó una Asamblea Conjunta Obispos-presbíteros, en 1971, donde se debatieron importantes asuntos sociales y políticos), con la consiguiente crisis en la institución que trajo implicaciones importantes en el devenir de la Transición (el poder del púlpito no es desdeñable en la sociología de este país; la implicación de los obispos, con Vicente Enrique y Tarancón como más sobresaliente mediático del resto, fue, desde el otro eje, esencial).

   Ahora, la llegada del papa Francisco I quizá tenga mucho que ver con la nueva imagen y trayectoria que parece que se intenta imbuir desde Roma, y que corre como la pólvora en los cambios de las distintas Conferencias Episcopales del mundo católico.
   Así pues, si este Papa ha venido a entregar más pancartas y micrófonos a Movimientos como HOAC, y pongamos por caso, a otros como Juventud Obrera Católica (JOC), Movimientos Rurales, o en su momento Juventud Estudiante Católica (JEC), u otras siglas que también lucharon, y continúan, porque un mensaje huero y encriptado en procesiones y manifestaciones religiosas vanas se erradicara de las parroquias, y que la institución se alejara de un poder represivo en anteriores etapas y mercantilista en la que nos toca, es una cuestión a la que debemos estar atentos todos. El bagaje católico en la historia, y en la conciencia, de esta nación hasta estos días es indudable.
  En conclusión, la comunidad cristiana en su conjunto, los observadores de otros credos, y hasta los agnósticos, esperan que estos gestos no sean una impostura para ganar adeptos y se conviertan en las primeras líneas del libro blanco de los católicos para que rediseñen su "Hoja de Ruta" (en el próximo Sínodo extraordinario de octubre los obispos tienen la oportunidad de ahondar en temas tan candentes como los descritos, así como la homosexualidad, el divorcio, los anticonceptivos y la fecundidad in vitro, que también preocupan a las bases). Estar al lado de los más débiles, algo que ya hacen los Movimientos especializados, es quizá una opción determinante; la otra, la de continuar al lado de los poderosos, que se defienden extraordinariamente, puede recordarnos que vuelven a echarse a cuestas la vieja cruz.
Dibujo que simboliza, sin
palabras, la lucha por la
Justicia y la Solidaridad.
Blog de "Acebedo".

sábado, 10 de mayo de 2014

Entre Cervantes


Elena Poniatowska. La octava cabrita

Elena Poniatowska, en 2009, con un traje tradicional
de tehuana.
 A Poni, como la llaman sus entrañables amigas mexicanas, le he plagiado (devorado) el título de una de sus tantas magistrales obras, Las siete cabritas, donde exhibe, con una apabullante y fresca prosa poética, la vida de siete mujeres a las que "radiografía", sus almas "en torno al amor como burras de noria". Ella, la octava, es Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, sí Amor, como su abuela Paula, Pita, que también pulula en el libro (junto a Frida Khalo, Nahui Olin, María Izquierdo, Elena Garro, Rosario Castellanos y Nelie Campobello, "mujeres-estrella" de la bóveda celeste para contar y besar sus pechos, "gemelos de gacela", antes que el rey Salomón se compadezca y las apague).
  Brujita de la palabra, fabuladora con ese castellano-mexicano, indescriptible, mágico, colorista, musical..., Elena es, en el imaginario de su literatura, el trasunto de las nanas que la chacha Magdalena le fijó en su cabecita mientras almidonaba sus sayas, por el terregal de México, recién de Francia, niña, huyendo de una guerra, la segunda, mundial, en barco, en larga travesía, ensoñando mil batallas de su antepasado general Poniatowski, de la Grande Armée, fiel a Napoleón hasta Moscú, para luego en el desierto envolverse con la tierra postrevolucionaria, y más tarde atravesar la larguísima y ahora constreñida frontera con Estados Unidos; y luego más y más, todas las fronteras entre hombres y mujeres, entre la justicia y la ignominia. 
    Periodista comprometida desde el Excélsior, y pronto en Novedades, cuestiona "el sentido de moral establecido, el de justicia y en general, el absurdo de la vida". Ahora continúa, incansable, siendo la voz de los silenciados desde La Jornada y en sus libros. En Alcalá de Henares, al día siguiente de recoger su Cervantes, afirma que sería bueno tener pocos periódicos pero con fuerza en la opinión pública, que hoy en día las noticias vuelan en formato digital, demasiado rápido. A sus espaldas, la valiente denuncia sobre la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas (1968), entre las cubiertas de La noche de Tlatelolco; una obra que, sin-vergüenza, el poder quiere chantajear y ningunear con un premio que no recoge, una afrenta más al descaro del presidente Luis Echevarría, secretario de gobernación en aquella macabra noche. Insobornable continuó con sus lúcidas y ásperas palabras para con la injusticia y la desigualdad, envolviéndose en la roca de sus mujeres, las olvidadas; como Las soldaderas (1999), aquellas que llevaron la peor parte de la Revolución Mexicana; las que murieron como teas, tiranizadas por Villa; las que fueron respetadas por Zapata; las que envueltas en su rebozo cargaban igual al crío que las municiones, el aguardiente, o preparaban tortillas para “sus hombres”, “el fuego encendido, el anafre y el metafe siempre en la mano (¿sabrá alguien cuánto cuesta carga un metate durante kilómetros de campaña?) y, al final de la jornada, el hijo hambriento al que se le da el pecho.”; si no se les ha muerto antes el niño en el desierto, o ellas mismas cayendo bajo el hierro retorcido del gran símbolo de aquella revolución, el tren; sombras diminutas, en cuclillas en los techos de los vagones, mientras los caballos abajo están bien alimentados. 
   Poni, qué ironía del momento en vuelve a aparecer este apelativo cariñoso, ha sido, es todo un carácter y congruencia de alma libre, de "princesa roja" como le llaman sus alejados familiares polacos; porque por ahora nos sabemos si los de su estirpe se le aparecen en noches en vela, como el obispo de la vieja dinastía, o si en otra dimensión aquel otro compositor puso música a las cuartillas sueltas de sus antepasados literatos. 
  Ahora querríamos, deseamos, su íntima biografía para conocer de dónde surge su fuerza, su eterna sonrisa; una mujer que ha indagado tanto en las de los demás, pobre o rico, moreno o blancuzco, nos frena, por ahora no toca, "la dejo en el aire, para que ustedes se interroguen". Así que nunca sabremos si con Guillermo (Haro, astrofísico) viajó más allá de las estrellas o cayó como un meteorito; si ha sido su vida De noche viernes, Esmeralda, fábula de una mujer hermosa, ella lo es, que disfrutó de su poligamia. Sí nos ha regalado sus innumerables creaciones, poemas, su teatro, sus cuentos. 
¿Una Quijote? Poni, se considera
una Sancho Panza, femenina.
Caricatura de Waldo Matus.
−¿Cómo escribes tus magníficos cuentos?
−¡No son magníficos! Los escribo como puedo, he leído en algún sitio, y también, ¿para qué son tantos brincos estando el suelo parejo?
   Así que nos queda por leer desde aquel su primer libro Lilus KikusTodo empezó el domingo, en 1955, al recibo de su primer hijo, Emmanuel, hasta el humano y sorprendente, por bello y con fondo social, discurso que impartía en la Universidad de Alcalá, donde dijo de sí misma ser en esencia una "Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan". 
  Por todo lo anterior, y por lo que intuimos al escucharla y sentirla, ¡que buena gobernadora sería en esta enorme y desnortada "Pen-Ínsula Barataria"!

sábado, 29 de marzo de 2014

Entre Cervantes


Juan Marsé y el "Pijoaparte" 
en el patio Trilingüe 
de la Universidad de Alcalá (II)


La Barcelona de las novelas de Marsé.
Juan Marsé y la novela desgarradora entre el fracaso y la supervivencia de sus personajes 

              
  Juan Marsé caminando por el patio Trilingüe del Rectorado de la Universidad de Alcalá de Henares, donde recogerá su Cervantes, nos recuerda al “Java” en Si te dicen que caí, al “Pijoaparte”, en Últimas tardes con Teresa, o "Susanita" y "Daniel" en El embrujo de Shanghai; como también el blanco y negro de las películas que marcaron su juventud (admiración por Bardem, padre, en Muerte de un ciclista, o a Berlanga con sus Verdugo y Plácido; porque, hablando de cine, Marsé salva a pocos creadores actuales por la  valentía y calidad en sus trabajos; de hecho, son muchos los que se han interesado por sus obras para adaptarlas al cine y pocas le llenaron, La promesa de Sanghai de Víctor Erice, y poco más). Los personajes de las obras de Marsé tratan de evadirse de un mundo degradado, violento, de las calles que marcaron la juventud de Marsé en su Barcelona natal. Si bien parecen haber fracasado en sus metas encuentran oasis cobijados por el amor. 

   Las imágenes recurrentes de sus escenarios se corresponden con la Barcelona que abandonó muy pronto, como nos contaba tras su galardón en el 2008, para buscarse la vida, y no seguir los designios que le marcaban desde su familia adoptiva en un negocio familiar. Para terminar con con pico y pala y después como “garçon de laboratoire”, en el “Instituto Pasteur” en París. Es en esa Francia, de finales de los cincuenta, donde contacta con la izquierda exiliada del régimen franquista, desde el Partido Comunista de España (PCE), e inicia una amistad, cimentada hasta hoy, con Antonio Pérez (escritor, editor y sobre todo creador en 1961 de “Ruedo Ibérico”, y hoy director de su propia Fundación en Cuenca que añade a su lado que Marsé era un “peliculero”, por su desbordada pasión por el cine).  Pero Juan reconoce que, desde un principio, “mi compromiso es con la literatura porque si mezclas literatura y política no haces ni una cosa ni otra”, aunque tiene muy claro que en la Transición democrática en nuestro país, “se optó por callar y olvidar” y recuerda que la derecha no ha condenado nunca el régimen autoritario del general Franco. 
   Juan Marsé, Antonio Pérez, y muchos otros amigos del escritor que pasaron estos días por Alcalá, convien en la clandestinidad más apabullante y creativa de aquellos años compartiendo espacios e intimidades con personajes como Paco Ibáñez del que, como anécdota aparte, aseveran tenía enamorada a la mismísima Brigitte Bardot. Descubrimos secretos como el origen del apodo de “Pijoaparte” que, curiosamente, viene de Antonio Pérez que mantuvo una conversación con españoles emigrantes en Ginebra hablando de sus vidas y derroteros. En 1962 vuelve a España para iniciar una prolífica carrera como escritor, guionista y periodista. 
   En las horas que pasea con Joaquina, su inseparable y fiel compañera, por estos rincones universitarios, ella no reprime ninguna sonrisa ante las anécdotas variopintas, a veces desconocidas, del insigne, personal, categórico y afable Juan Marsé. Son, a buen seguro, semilla de nuevas creaciones.

      Extracto del artículo publicado en Compluteca nº 60, revista del IES Complutense de Alcalá de Henares, Madrid, junio 2009, pp. 30-33.

Entre Cervantes


Juan Marsé y Tomás Eloy Martínez,
novela y periodismo entrecruzados 
en el día de Cervantes (I)

Juan Marsé. La Vanguardia 17-4-2009.
 Cada veintitrés de abril  el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares acoge el Premio “Cervantes”. En 2009 el reconocimiento recayó en Juan Marsé (Barcelona, 1933). La casualidad quiso que coincidiera, en esas mismas fechas, el premio “Ortega y Gasset 2009” que concede el diario El País, a Tomás Eloy Martínez  al que el jurado consideró: “Maestro de reporteros y ejemplo de excelencia en una de las carreras de periodismo más brillantes en lengua castellana”. 

Tomás Eloy Martínez el periodista fiel a sí mismo

Tomás Eloy Martínez, 
(San Eloy de Tucumán, 16-7-1934,
 fallecido el 31-1-2010).
Foto de El liberal, 16-3-2014.
 Es mediodía en el IES Complutense de Alcalá de Henares. El periodista argentino se "enfrenta" a un público jóven ante el que reafirma su compromiso con la libertad incitándole “a comportarse como tuviesen a bien”, pues para él no hay mayor compromiso del hombre que su libertad, sus ideas, lejos de las impuestas desde cualquier designio.
   Tomás Eloy había llegado a Alcalá el día anterior para abrir el “Festival de la Palabra”, organizado por la Universidad, con motivo de la entrega del Premio Cervantes, en esa ocasión al poeta Juan Gelman, amigo personal del escritor: “Conozco a Juan desde hace muchísimos años, diría que desde hace más de treinta, trabajamos juntos en un periódico a finales de los años 70. Yo lo veía escribir en el periódico sus poemas con esa pasión de poeta; cerraba la puerta de su despacho y cuando yo llamaba lo descubría con ese asombro con el que se descubre al poeta… Siempre que leíamos aquellos versos nos sorprendía que en el rumor, en el tráfago de la vida periodística, él pudiera sacarle al lenguaje tanta belleza”.

 Tomás Eloy era escritor, además de periodista y crítico de cine. Amigo personal, componente para ser más justo con su figura, del grupo más significado de la literatura hispanoamericana actual como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Onetti o Augusto Roa Bastos. A sus 75 años retenía en su memoria algunos de los instantes más significativos de una generación rompedora en la creación de la literatura hispanoamericana y con los que, a la manera de Proust, recomponen su imaginario y dan forma a los sueños en sus textos: “A García Márquez  tuve la fortuna de conocerlo mientras escribía Cien años de soledad momento en el que hizo sus verdaderos amigos. A Carlos Fuentes lo conocí en una casa de Buenos Aires en 1962 siendo un muchacho que llegaba de la Universidad de Concepción de Chile y que acababa de escribir su primera novela La región más transparente. En el grupo de personas que nos reunimos en el balcón de esa casa estaban Julio Cortázar, Enrique Pezzoni, José Bianco entre otros… El mismo Fuentes comentó que si se caía el balcón se caía la literatura.  Pues de ese tipo de fraternidad se alimenta la memoria”.
 El contacto con los grandes creadores del momento y su implicación en el devenir histórico de Argentina, le impidió vivir en libertad en su país,  e hicieron que su manera de ver el mundo fuera muy personal: “Veíamos el mundo en una especie de horizonte abierto en el cual todo era posible. Era un mundo para ser regado transformado, transfigurado por la palabra. Creíamos en el peso de la palabra. No creíamos que el mundo podía ser cambiado por la palabra, pero que el mundo podía ser embellecido por la palabra.”.
   Del bagaje de aquellos años rescataba: “Mi vida ha sido una larga batalla de la escritura contra el poder” en un esfuerzo por sintetizar multitud de trabajos periodísticos y escritos de este hombre de complexión fuerte, mirada tranquila y de voz dulce, algo mermado de oído pero con un sentido del humor y de la cercanía humana que lograba sacar preguntas de lo más hondo de los adolescentes que le escuchaban. A los mismos a los que confesó que había comenzado a escribir cuando él tenía, más o menos, sus años, con una primera narración que sorprendió a sus padres durante un castigo en su casa aislado de todo libro o entretenimiento; luego seguiría con poemas de amor con los que ganó muchos concursos con unos versos a los que ahora no reconoce. Hasta que un día un buen amigo miembro de un jurado que le otorgaba el premio le comentó “que no tenía personalidad, que no definía al Tomás de dentro, que sus poemas eran de aquí y de allá sin una unicidad”. Una lección que no olvidó nunca. 
  Luego dictaría en Alcalá de Henares, una conferencia que llevaba por título “Poesía y relato: lazos de familia” en la que definió a la poesía como “el cauce por el que fluía ese río, el de los relatos que se transmitían de generación y generación los hombres para poder sobrevivir”.
  Tomás Eloy fue, durante más de cincuenta años, observador y narrador de la realidad sobre el papel frágil y efímero de los periódicos que creó y en los que dejó sus más cercanas visiones de la historia sin dejar de ser leal a sus ideas, “el periodista debe ser leal al lector, a la realidad y a sí mismo... Hice lo que creo que debe hacer todo escritor, ser fiel a sí mismo”. Su obra El vuelo de la reina es una denuncia contra la corrupción política, pero el no se define un luchador de la justicia sobre la historia: “No estoy comprometido con la historia. La utilizo para reflexionarla en mis obras”. Desde nuestro punto de vista tres novelas son claves en su devenir: La novela de Perón (1985), Santa Evita (1995) o Las memorias del general (1996) escritas desde su bagaje profesional como periodista de aquellos años y la última de ellas fruto de haberse entrevistado con el general en su exilio dorado en los años cincuenta en su residencia llamada Puerta de Hierro en Madrid, como invitado de lujo de su homólogo Francisco Franco y donde conocería a la bailarina Maria Estela de Perón, Isabelita, a quien había conocido en Panamá en 1956.
   Sus obras literarias surgieron muchos años después de ser crítico de cine de los más importantes diarios de Hispanoamérica como La Nación de Buenos Aires, redactor jefe del semanario Primera Plana, o del suplemento cultural del diario La Opinión. En su exilio obligado en Caracas fue editor del Papel Literario del diario El Nacional y fundó El Diario de Caracas.
 Cuando le preguntamos si para ser un buen escritor se debe tener una vida rica en experiencias, algunos de esos datos biográficos avalan parte de su respuesta: “Lo es desde mi punto de vista, pero no debemos olvidar aquellos grandes autores que con vidas aparentemente más sencillas se recluyen en sus espacios y crean obras universales”. Su vida le ha llevado desde Venezuela, como periodista exiliado, a ser profesor en las universidades de todo el mundo hasta recalar definitivamente en Nueva York, “en la medida en la que los seres humanos logramos ser nosotros respetamos mejor al mundo al que pertenecemos”. Confesó que cuando una idea le obsesionaba: “Escribo de la mañana a la noche. Me obseso. La escritura es una pasión excluyente como cuando estás enamorado que sólo quieres hablar y oír de la persona amada”. 
   Pero muchas más obras abrigan su fama como un gran maestro de la literatura hispana a Tomás Eloy. Una muy especial para sus recuerdos, “para mí es El cantor de tango", que nos abre los oídos a esa música, el tango, o cualquier música, de cualquier color o cultura, “porque el lenguaje primero es música, luego lenguaje. 
   Al final de la entrevista Tomás Eloy nos lee el principio de El Cantor de tango, y con su voz dulce, melodiosa, anhelante, añorante de su Buenos Aires de siempre y “porque el tono de la obra está al principio” nos lee muy bajito, pero muy hondo: “Septiembre 2001. Buenos aires fue para mí sólo una ciudad de la literatura hasta el templado mediodía de invierno del año 2000 en que escuché por primera vez el nombre de Julio Martel…”.
   Un año después tuvimos la suerte de reencontrarnos con una nueva novela suya Purgatorio que, según comentó en distintos medios, es la que más rápido escribió y le permitó volver a tratar una serie de temas que ya había tratado antes pero nunca con tanta libertad. “… el impulso inicial que me movió a escribir este libro fue tratar de recuperar, mediante la escritura y la imaginación, lo que el exilio me ha quitado. La escritura y la imaginación tienen un poder mayúsculo, un poder que traté de medir a través de la escritura de esta novela. La idea original era narrar la vida cotidiana de los argentinos, no los campos de concentración, no los tormentos, no las muertes horrendas, sino la grisura de la vida cotidiana.” 
   Hablaba de ésta como una nueva experiencia en la que supera el miedo y ve fluir más certeramente lo que quiere transmitir con la escritura: “Sin miedo a las consecuencias. Caminar sobre una cuerda floja sin caerte. En estos temas uno piensa cuál es el límite y hasta dónde puedo avanzar, y cuanto más libre te sientes, más seguro te sientes y mejor avanzas”.

Extracto del artículo publicado en Compluteca, nº 60, junio 2009, pp. 30-33.